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La
imagen tópica de la Edad Media es la de un caballero, una dama y
sobre todo un castillo.
Sin
duda la Edad Media fue la edad de los castillos, fortalezas
construidas por los señores feudales para defender sus
privilegios de clase, por los concejos para defender su
independencia y autonomía municipales y por los reyes y soberanos
para salvaguardar las fronteras de sus reinos y estados.
Durante
mil años los castillos, junto con las catedrales y los
monasterios, fueron los principales hitos del paisaje europeo.
Los
hubo de todo tipo, de todos los tamaños y de todas las formas, se
construyeron en madera, barro, ladrillo, cal y piedra, albergaron
a campesinos, artesanos, caballeros, damas, obispos, reyes,
embajadores y papas.
El
hombre ha construido fortificaciones desde que aprendió las técnicas
de la arquitectura, pero fue sin duda la Edad Media el tiempo en
que las fortalezas han dejado mayor huella en la literatura y en
el arte de Europa.
Construidos
en principio para defenderse de las invasiones que asolaron Europa
entre los siglos VII y X, devinieron en residencias feudales, óptimos
instrumentos del poder señorial que los utilizo para asentar su
dominio sobre la tierra y los campesinos.
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